22 de octubre de 2013

Unas galletas de miedo

En unos días se celebrará la fiesta de Halloween. Sí, es una americanada, lo sé, y lo cierto es que nunca lo he celebrado ni he visto a nadie hacerlo en ese sentido: con calabazas iluminadas por velas, disfraces o el famoso "truco o trato". Pero, ¡ay, lo que me gustan las brujas! De siempre me llaman la atención. Aún recuerdo la colección de brujitas que tenía y siempre me han gustado las películas sobre el tema, no las escabrosas o de terror, que también tuvieron su momento, más bien son las películas tipo "El retorno de las brujas" las que me encantan. Quizá algo infantiles, puede ser, pero la verdad es que las disfruto un montón. Revisándola hace unos años me di cuenta, para mi asombro, que una de las susodichas brujas era interpretada ni más ni menos que por mi adorada Carrie Bradshaw, es decir, Sarah Jessica Parker ¡quién la ha visto y quien la ve!
 
 
 
 
Si echo la vista atrás sí tengo que decir que la noche de los muertos la he celebrado durante unos pocos años de una manera muy particular. Hace muchísimo tiempo, cuando no veíamos raro hacer lo que os voy a contar, cosas de la edad. Nos reuníamos los amigos de verano y celebrábamos una pequeña fiesta nocturna a la intemperie, con una hoguera para mitigar el frío y hacer chocolate caliente, cada año en un lugar distinto y a cuál más extraño, tanto que hoy día me da hasta apuro mencionar.
 
 
 
 
Y después, ya entrada la madrugada, comenzaba para nosotros la "noche de los carros". Una tradición peculiar que consistía en coger algún carro (de los de las vacas de toda la vida)  de algún vecino del pueblo para llevarlo a la cima del monte. Allí cada año amanecían unos cuántos carros, con el consiguiente cabreo de sus dueños, que cada vez los protegían con más empeño. Pero mientras más se habían preocupado en ponérnoslo difícil, más ganas teníamos de ir precisamente a por él ¡típica adolescencia! Así que los más guardaditos y vigilados eran los más firmes candidatos. Recuerdo correr y correr cuando algún dueño nos pillaba in fraganti y cómo nos ayudábamos si alguno tropezaba en la absoluta oscuridad de aquellas gélidas noches.
 
 
 
Éramos traviesos, pero no malos. Al día siguiente, siempre había voluntarios anónimos que devolvían los carros a sus corrales, y tal y como se habían ido, volvían a aparecer en su lugar, eso sí, después de unas horas de risas y bromas entre nosotros y no tanto jolgorio entre los dueños, que seguían sin explicarse cómo llegando a dormir junto al dichoso carro, había sido posible que se lo llevaran a lo alto del monte. Nunca supe de dónde venía esta costumbre y me pregunto si las nuevas generaciones lo siguen haciendo. Lo cierto es que hace más de 20 años que no he vuelto a aquel lugar.
 
 
 
 
 
Ahora he retomado mi pasión por las brujas. Estas  que hoy os traigo son inofensivas pero ¡están de muerte! ¿gustáis? falerina@falerinasgarden.com
 
 
 
 
 
 
 
 

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Falerina